En los restaurantes que tienen colgada la placa, y ni hablar de los que lograron alguna de las preciadas estrellas, el impacto de estar en Michelin cuenta. Más en una economía con vaivenes como la nuestra, con el factor turismo receptivo fluctuante, el sello de calidad que da la guía de gastronomía más reconocida en el mundo tracciona clientes. Por eso, la pregunta de qué va a pasar este año resulta importante para más de un actor de este negocio en Ciudad de Buenos Aires y Mendoza, los dos destinos estrellados.
Primero, un breve repaso. La Guía Michelin nació en 1889 como una estrategia de la marca francesa para que la gente viajara más en Francia y gastara más neumáticos. Marketing, diríamos hoy. Pero con los años se convirtió en un símbolo que premia la mejor gastronomía en todo el mundo, con su sistema de menciones (lugares recomendados), bib gourmand (relación precio-calidad) y las codiciadas estrellas (restaurantes de un nivel superior).
La historia de Michelin con Argentina tiene larga data. Ya desde la gestión de Mauricio Macri se intentó que la guía viniera e incluso se pagó un pre diagnóstico, pero recién se logró en 2023. Porque, de vuelta marketing, estar en Michelin hoy es más un beneficio para los destinos que para la empresa francesa. Por eso, los lugares pagan para que vengan los inspectores a evaluar sus restaurantes y decidan cuáles cumplen los requisitos para estar en el libro rojo (hoy, versión digital).
Quiénes son esos inspectores, cómo se eligen y cuánto cobran por su trabajo es un secreto guardado bajo siete llaves. Lo mismo que cómo son las negociaciones con los países o ciudades (hay de los dos formatos) en los que Michelin está. Clarín contó que, cuando se cerró el acuerdo para que vinieran a Buenos Aires y Mendoza, las reuniones con los funcionarios argentinos se hicieron por Zoom con las pantallas apagadas, tal el nivel de recelo que se maneja.
Igual recelo hay por estos días respecto de la edición 2026 de la guía, la última del contrato que Argentina tiene firmado con Michelin. Esto funciona así: se firma un acuerdo por un determinado período de tiempo y se paga un canon para que se haga la inspección y se otorguen las estrellas. No hay —o no se sabe que lo haya— un compromiso de Michelin de entregar un mínimo de preseas. De hecho, hasta ahora ningún restaurante argentino obtuvo las tres (la máxima distinción) y en la primera edición sólo uno ganó dos. En la segunda edición, se ampliaron los reconocimientos: se pasó de siete restaurantes con estrellas a diez.
Qué pasará en la tercera es, por supuesto, un misterio. “Aún no tenemos información oficial de parte de la compañía sobre la guía”, respondieron desde la consultora que maneja la comunicación de Michelin.
Pero este diario pudo confirmar, con diversas fuentes en estricto off —como es todo siempre lo que rodea a la guía— que la tercera edición se hará y que a mediados de año se difundirán las menciones, aunque todavía no hay precisiones sobre el evento de entrega. El de la edición 2024 se hizo a fines de 2023 en una gran ceremonia en el Arenas Studio de La Boca; el de la edición 2025, en abril del año pasado en la bodega Susana Balbo, en Mendoza. La organización de estas fiestas corrió por cuenta del distrito donde tuvo lugar, más allá de lo que se pagó por el acuerdo.
Cuando en 2023 se anunció oficialmente la llegada de Michelin, se supo que el Gobierno nacional a través del Instituto Nacional de Promoción Turística (INPROTUR) —entonces la cartera de Turismo estaba a cargo de Matías Lammens— había acordado con Michelin un fee de 620.000 dólares por el primero de los tres años de contrato, el del lanzamiento, que desembolsaron conjuntamente Nación, Mendoza y Buenos Aires.
El monto del 2026 fue sensiblemente inferior, alrededor de un tercio menos, y por lo que pudo saber este diario, lo abonaron en partes iguales sólo CABA y Mendoza con el respaldo de Nación, que se está enfocando en el año próximo para trabajar en una Guía Michelin Argentina 2027 por el pedido de otras provincias que también quieren ser parte de la prestigiosa guía roja. Es que tener a Michelin suma atractivo turístico porque muchos extranjeros organizan sus viajes con la gastronomía como eje central y eligen qué visitarán en función de dónde irán a comer. Por eso, funciona traccionando el turismo y por ende trae divisas.
Pero no todo es cuestión de dinero. De hecho, cuando se comenzó a negociar el desembarco local de Michelin, hubo otros destinos que intentaron entrar y no pudieron. Nunca se dijo oficialmente, aunque trascendió que eran Salta y Ushuaia. También trascendió que Michelin consideró que no estaban lo suficientemente “maduros” para ser evaluados por su rígido equipo de inspectores.
Habrá que ver si, con el desarrollo que la gastronomía local vino teniendo en estos años y su posicionamiento también en el exterior, con participación en ferias y eventos (este año, Argentina tuvo una presencia destacada en la importante Madrid Fusión), se logrará el plafón para que, ahora sí, Michelin permita sumar más provincias y expandir así los lugares que puedan aspirar a una estrella.
Colaboró: Roxana Badaloni (Corresponsal en Mendoza)
AS
