ICE busca atemorizarnos al punto de que no podamos sobrevivir

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El 20 de enero pasado Donald Trump cumplió el primer año de su segundo mandato como presidente de Estados Unidos. Lo que fue una promesa de campaña y un escenario distópico, en pocos meses se volvió una realidad a través de dos instituciones que existían desde el 2003: ICE (Servicio de control de inmigración y aduanas) y CBP (Patrulla Fronteriza). Su promesa de llevar a cabo “la mayor deportación de la historia” fue el motivo para que, en julio del año pasado, a través de la Ley One Big Beautiful Bill (BBB), se le asignara a ICE el mayor presupuesto federal de todas las agencias del departamento de Seguridad Nacional.

Aunque el epicentro es en Minneapolis por la crudeza de ICE y la respuesta de sus habitantes, las detenciones y la violencia de la política migratoria se extienden por Estados Unidos: el diario The Guardian cuenta 32 muertes bajo custodia de ICE en 2025 y lo define como su año más mortífero en dos décadas, mientras que El País informa 605.000 detenciones en el último año.
Una realidad que atraviesan miles de migrantes —estén de manera legal o no en territorio yanqui— pero que Isabel (se trata de un nombre ficticio para proteger su identidad) le cuenta a Perfil Córdoba desde Minneapolis, la ciudad en la que vive hace casi 20 años y que se diferencia mucho de la que conoció cuando llegó. «Nunca imaginé una situación como la que estamos atravesando ahora en este bello estado», afirma con pesar.

¿Por qué Minnesota?

Isabel evoca la vida antes de los últimos meses de 2025, un escenario que dista mucho de la desolación y la pesadilla diaria de la actualidad. “Lo bonito de Minnesota es que junto con Nueva York, probablemente, es uno de los estados más diversos de Estados Unidos. Hay personas de todo el mundo, especialmente somalíes, porque es un estado al que llaman ‘refugio’, ya que muchos refugiados llegan acá. Había muchos programas para ellos que ahora están eliminando cada vez más. Sales al mercado y te encuentras con hindúes, japoneses, chinos, somalíes, iraníes y latinos, obvio”.

Esos miles de migrantes, con su trabajo, también forman parte del motor que activaba la vida cotidiana de la ciudad. “Los brazos de inmigrantes son los que mueven gran parte de la economía de Minnesota y de todo el país. Y ahora se están dando cuenta realmente. Minnesota ha sido sacudida. Ni el COVID nos había sacudido de esta manera, desde el punto de vista económico. Y se están dando cuenta que, si antes no apoyaban tanto a la comunidad inmigrante, pues ahora sí porque se van quedando sin productos, sin restaurantes, sin taxis”.

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Ella asegura que durante la presidencia de Obama se deportó a la mayor cantidad de latinos, pero reconoce que “se hizo bajo la ley”. Cuando compara aquella vida de migrantes con la actual, la diferencia es el miedo con el que hoy viven en Minneapolis.

—¿Por qué la situación es tan cruda en Minnesota?

—Somos un estado demócrata y muy liberal. Además, es un estado importante para los refugiados. Saben que aquí la mayoría de las comunidades son migrantes y sabían que nos iban a afectar así. Hay muchas razones por las cuales Minnesota ha sido atacado.

“Formamos redes comunitarias para conseguir y repartir comida, medicamentos o dinero para quienes no se pueden salir de sus casas”.

Al tratar de explicar cómo es vivir allí y cómo viven con el avance del terror en las calles, Isabel recuerda un dato no menor. En plena pandemia, el asesinato de George Floyd generó una reacción de la población de todo el país, pero asegura que “el movimiento de Black Lives Matter se fortaleció de una manera impresionante en Minnesota”. Para ella, eso explica por qué la ciudad en la que vive es ahora un epicentro y no lo ha sido California o Chicago. “Minnesota tiene experiencia en este tipo de movilizaciones y se ha movilizado como nunca. Porque no sólo te están atacando a ti por ser inmigrante, te están atacando a ti por ser un aliado gringo. ‘Si eres blanco y apoyas esas comunidades, te matamos’, como René Wood y Alex Pretti”, señala.

Ambos eran ciudadanos estadounidenses. René fue asesinada el 7 de enero pasado y Alex, el 24 del mismo mes. A raíz de sus muertes en manos de agentes de ICE, comenzaron a buscarse maneras para poner el freno a las autoridades migratorias. Mientras tanto, en ciudades como Minneapolis, Isabel y otros habitantes encuentran formas de organizarse para cuidarse a sí mismos, a sus familias y a sus vecinos.

Los lazos para disminuir el terror

Los asesinatos de los dos ciudadanos estadounidenses también fueron una afrenta a esos habitantes que estaban acostumbrados a vivir en uno de los estados más diversos, como lo define Isabel. “Podría haber sido mi vecino. Te quitan la libertad de poder salir y protestar por miedo a que te maten también”. Sin ir más lejos, ella misma dejó de participar en algunas actividades por pedido de sus familiares, “aunque yo sea ciudadana, tengo el rostro que puede hacer que me arresten”.
En el hemisferio norte se vive el pleno invierno. Sin embargo, las bajas temperaturas no son un impedimento para que los ciudadanos organicen sus marchas. Se han realizado manifestaciones con temperaturas que rondan los 8 y 10 grados bajo cero. “El grado de organización para este tipo de manifestaciones ha excedido la imaginación del gobierno. Organizaciones que antes no hacían nada de eso ahora lo están haciendo. Se entrenan para ser observadores e identificar a los carros de ICE, para saber qué hay que hacer si observas un detenido. Hay entrenamientos virtuales y en persona para quienes quieren apoyar a la comunidad y hacerlo de una manera cautelosa, proactiva y que tenga impacto”.

Isabel cuenta que hay personas que se quedan en los alrededores de Camp Ridley, una base militar que también es el primer lugar al que llevan a las personas detenidas por ICE y que está a una hora de Minneapolis. “Hay muchos observadores y organizaciones en vehículos ahí afuera, porque si te sueltan, lo hacen sin tu abrigo ni tu teléfono celular y vivimos en temperaturas bajo cero. Estas organizaciones se ocupan de dar abrigo y de llevarlos a un lugar donde se sientan seguros”.
También explica que las manifestaciones más fuertes se dan los viernes y sábados, días en los que se hace un llamado masivo al boicot. “No se va ni a la escuela ni al trabajo, no haces ninguna compra, para que también tenga mayor impacto económico”, detalla.

«No sólo te están atacando a ti por ser inmigrante, te están atacando a ti por ser un aliado gringo».

—¿Cómo se vive en lo cotidiano?
—Nos hemos organizado a través de redes sociales, aunque nos bloqueen muchos posteos. Utilizamos Signal para hablar cosas más directas y avisarnos de operativos de una manera más reservada. Nos ha pasado que al repartir comida han aparecido o se ha descubierto que agentes del ICE están en esos grupos donde hay mucha gente, no sólo latina si no de otras comunidades. Se han formado redes comunitarias en las que armamos bolsas de comida o fondos de dinero para algunos pequeños gastos porque hay gente que ya no usa ni las tarjetas de crédito, no sale de su casa, o falta a su trabajo por miedo a que la arresten. Entonces, se han ido organizando comunidades de latinos, de iglesias, de barrios, donde se van repartiendo lo que se junta o se pide lo que necesita, por ejemplo, una cama.

—¿Qué es lo que más cuesta conseguir?

—El dinero para pagar la renta de las personas que no están yendo a trabajar. O de las personas que tienen que pagar los sueldos de sus empleados, pero que no pueden abrir todos los días de la semana o bien porque tienen miedo por ellos o porque sus empleados no van a trabajar por el mismo motivo, y con razón. Hay algunos rentadores que apoyan y cobran menos ese mes o no les cobran, pero eso es algo en lo que estamos tratando de buscar más apoyo.

—¿Cómo se organizan para comunicarse?

—Tenemos nuestros protocolos de qué cosas se tratan en el WhatsApp y qué cosas se tratan en el Signal. Esa es una de las maneras en que se están organizando los recursos, porque sí hay mucha, mucha ayuda.

Para Isabel la situación es desoladora, pero también enloquece: “Buscan aterrorizar a un punto en que nos desenfoquemos y nos aislemos y ya no podamos sobrevivir. O buscan la auto deportación, que también se está incrementando porque no puedes vivir así. Están rebalsados de peticiones, ya tenían programas para las personas que se regresan a su país, ahora esos programas están colapsados. ‘¿Qué hago, cómo vendo y a quién mis cosas?’, ‘¿Cómo hago porque ya me quiero ir’, no? o ‘me deportaron a mi esposo, me tengo que ir’.

—Qué difícil es vivir así…

—Sí, todo el mundo ha modificado su vida de una u otra manera. Te frustra que no se pueda hacer algo tan simple como ir y buscar a alguien que no se anima a salir, porque a mí también me pueden arrestar. Eso me frustra mucho: antes podía y ahora no puedo. Es esa dicotomía y esa frustración interna. Esa mezcla de emociones de que estoy ayudando, por un lado, pero tengo que cuidar a mi familia. Al mismo tiempo, cada vez estoy más orgullosa de estar en Minnesota porque estamos respondiendo como se debe responder.

—¿Hasta dónde crees que puede escalar la situación? ¿Ven una salida?

—Ay, a mí me cuesta ver una solución pronta, la verdad. Nunca hemos visto algo así. Nuestros líderes políticos están tratando de armar los casos de una manera en la que poderes internacionales puedan apoyarnos, pero, nos guste o no, Estados Unidos es una potencia mundial. Este barco es tan grande y sentimos que los barcos chiquitos nos estamos hundiendo, no hay manera legal que nos digan ‘ok, se puede hacer esto’. Ya la guerra empezó y ya van dos muertos en esta guerra, y si sigue así, van a haber más. Removieron a (Gregory) Bovino (como jefe de operaciones de ICE) pero dicen en Perú: “La misma chola con diferente pollera”. Esto va a seguir, lamentablemente.

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